Manifiesto de Octubre. Parte II - Transmutación

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Manifiesto de Octubre. Parte II - Transmutación

Mensajepor Mataformigues » 18 Dic 2015 19:53

(28/05/17) He retirado el relato Aduanas del foro porque voy a presentarlo a un concurso, aunque no descarto volver a publicarlo más adelante. Aún podéis leer Transmutación, que se encuentra más abajo.
Última edición por Mataformigues el 28 May 2017 15:57, editado 4 veces en total.
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Re: Manifiesto de Octubre. Parte I - Aduanas

Mensajepor Arovi » 18 Dic 2015 20:16

Señor Mata... Necesito subtitulos en el epilogo :oops:
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Re: Manifiesto de Octubre. Parte I - Aduanas

Mensajepor Mataformigues » 18 Dic 2015 22:02

Arovi escribió:Señor Mata... Necesito subtitulos en el epilogo :oops:

Por supuesto. Me hacía ilusión obligar a la gente a usar el traductor de Google, pero aquí os dejo la traducción. :lol:



(Relato retirado.)
Última edición por Mataformigues el 28 May 2017 15:59, editado 1 vez en total.
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Manifiesto de Octubre. Parte II - Transmutación

Mensajepor Mataformigues » 18 Ene 2016 16:07

Manifiesto de Octubre. Parte II



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Sinopsis

Oculto:
Miguel Ángel B. Romera se dirige a afrontar su jornada de trabajo con estoicismo, cuando un misterioso objeto completamente fuera de lugar se cruza en su camino. En mitad de una de las calles más céntricas de Palma, es incapaz de sospechar que la simple visión de una cabra muerta en plena acera lo inmiscuirá en una descabellada trama de organizaciones secretas y sectarismo, conectada con un extraño suceso que tuvo lugar cien años atrás en el mismo lugar, y que podría condicionar el futuro para siempre.

Valiéndose de su actitud cínica e indolente, Miguel Ángel tratará de sobrevivir a los violentos acontecimientos de los que será testigo en la mañana más rara de su vida, y con suerte, llegar al trabajo a tiempo.







Prólogo

Oculto:
Corría el año 1915. A lo largo de la última década, en un aplaudido acto de higienización urbanística, Palma se había deshecho de la mayor parte de su muralla, y la arquitectura modernista, de mano de los grandes arquitectos de la época, florecía tanto en el antiguo espacio intramuros, como en el ensanche que tímidamente comenzaba a delinearse con los primeros edificios.

La puerta de San Antonio, al este de la ciudad, había sido tradicionalmente un importante punto de acceso y reunión para payeses y 'traginers'. Ahora en la zona, sin murallas y sin puerta, el complejo de Ses Enramades se había convertido en un centro comercial para el ganado, así como una parada de reposición obligatoria para cualquiera de los campesinos que, tras largas horas de recorrido por caminos todavía peligrosos, abastecían la capital insular de productos frescos procedentes de cada rincón de la isla. Junto a Ses Enramades, donde el carrer Major se adentraba hacia el casco antiguo –la vieja ciudad–, destacaba un estiloso y moderno edificio neoárabe, de nombre Can Maneu, el cual exhibía suntuoso su llamativa balconera, sus ventanas y su característica torre de planta hexagonal acabada en una pequeña cúpula puntiaguda. En la planta baja de aquel edificio plurifamiliar se encontraba el famoso bar Triquet, flanqueado por varias docenas de carros en el lado del Gran Passeig de Ronda, por entonces un polvoriento y ancho paseo que, aún sin pavimentar, circunvalaba el casco antiguo a lo largo del trazado del desaparecido foso.

El dueño de dicho bar, Salvador Bonnin, padre de familia y de ascendencia chueta, era famoso en toda la isla gracias a su fiel clientela payesa, que había conseguido ganarse mediante sus encantos, a pesar del típico carácter mallorquín fuertemente cerrado que marcaba a los campesinos. «La clave está en cómo tratarlos.», se decía a sí mismo. «En sus pueblos, fora vila, son unos simples currantes que trabajan de sol a sol por unos sueldos miserables. En mi bar, sin embargo, les ofrezco la oportunidad de sentirse por un rato como auténticos señores burgueses, aún si es durante el tiempo que tardan en acabarse sus copas de licor y comentar cómo va la cosecha y qué tal les ha ido el viaje.»

Una campanilla tañó sobre la entrada al abrirse la puerta. El señor Bonnin alzó la vista y reconoció en seguida al campesino que se quitaba su sombrero de paja al acceder al establecimiento. Pere Antoni Cortès, poblero dedicado al cultivo de la patata, era con diferencia el cliente con quien mantenía un mayor nivel de simpatía y confianza. Los dos hombres cruzaron sus miradas, y el payés caminó hacia la barra con gesto alegre pero cansado.

–Uep, l'amo! –saludó al situarse ante el hostelero–. Què, com anam?


–¡Hombre, el amo! –saludó al situarse ante el hostelero–. ¿Qué, cómo vamos?

–Tot bé per aquí, ben igual que sempre –repuso el señor Bonnin–. Fotent as carrer qualque pobler gat de tant en tant, però res fora del que és suportable.

–Todo bien por aquí, igual que siempre –repuso el señor Bonnin–. Largando a la calle a algún poblero borracho de tanto en tanto, pero nada fuera de lo que es soportabe.

–Ha, ha! Què en sou de graciós! –contestó irónicamente–. Hauríeu de veure com ens hem de llevar del damunt es llonguets vanitosos que es deixen caure per Sa Pobla.

–¡Ja, ja! ¡Qué gracioso sois! –contestó irónicamente–. Deberías ver cómo nos tenemos que quitar de encima los llonguets vanidosos que se dejan caer por Sa Pobla.

–Va, que sabeu que estic de broma. Què prendrà avui es senyor? Una copa d'herbes, potser?

–Va, que sabéis que estoy de broma. ¿Qué tomará hoy el señor? ¿Una copa de hierbas, tal vez?

–No em puc imaginar com ho podeu haver encertat! –dijo el señor Cortès.

–¡No me puedo imaginar cómo lo podéis haber acertado! –dijo el señor Cortès.

–I què? Quan m'endureu un sac de patates de propina? Mirau que en són de copes que vos he servit d'ençà que ens coneguérem!

–¿Y qué? ¿Cuándo me traeréis un saco de patatas de propina? ¡Mirad si son copas las que os he servido desde que nos conocimos!

–I Déu en sap que totes vos les he pagat religiosament! Si qualque dia veniu vós i ta madona a casa, gustosament us convidaré a un estofat de patates, però no hi som com per anar regalant-ne sacs a qualsevol.

–¡Y Dios sabe que todas os las he pagado religiosamente! Si algún día venís vos y vuestra esposa a casa, gustosamente os invitaré a un estofado de patatas, pero no estoy como para ir regalando sacos a cualquiera.

–És clar, a un llonguet qualsevol com jo! I tot i així em convidaríeu a ca vostra, oi?

–¡Claro, a un llonguet cualquiera como yo! Y aún así me invitaríais a vuestra casa, ¿eh?

–Si teniu el detall d'escortar-me fins a ca nostra, ja vos haureu guanyat el dinar, i per ventura una nit d'allotjament fins i tot.

–Si tenéis el detalle de escoltarme hasta casa, ya os habréis ganado la comida, y quizás una noche de alojamiento incluso.

–No ho direu pes bandoler? Que no l'han hagut, encara? –preguntó el señor Bonnin sirviéndole una copa cargada de hierbas mallorquinas.

–No lo diréis por el bandolero. ¿No lo han prendido, aún? –preguntó el señor Bonnin sirviéndole una copa cargada de hierbas mallorquinas.

–No –lamentó el señor Cortès–. Gairebé cada dia actua, s'horabaixa, en tornar des mercats, un poble rere s'altre. –El payés tomó su copa de la barra.– Ja ha robat a tres coneguts meus, i diuen que fa dos dies se'n va carregar un pagès que se li va resistir en tornar de Felanitx. Ja no hi resta camí segur en tota s'illa, tot i que han augmentat sa vigilància. Tots es pagesos ens demanam quan ens tocarà a nosaltres –dijo antes de tomar el primer sorbo.

–No –lamentó el señor Cortès–. Casi cada día actúa, por la tarde, al volver de los mercados, un pueblo tras otro. –El payés tomó su copa de la barra.– Ya ha robado a tres conocidos míos, y dicen que hace dos días se cargó a un payés que se le resistió al volver de Felanitx. Ya no queda camino seguro en toda la isla, a pesar de que han aumentado la vigilancia. Todos los payeses nos preguntamos cuándo nos tocará a nosotros –djo antes de tomar el primer sorbo.

–Però això és terrible! –exclamó el señor Bonnin–. Com pot un sol home tenir aterrits tots es pagesos de s'illa? No pot ser que siguin un grup organitzat?

–¡Pero eso es terrible! –exclamó el señor Bonnin–. ¿Cómo puede un solo hombre tener aterrados a todos los payeses de la isla? ¿No podría ser que sean un grupo organizado?

–No ho sé. Totes ses seves descripcions coincideixen, tot i que mai mostra sa cara. Duu capell i un mocador envoltant-li tot el rostre, com si fos un esparadrap. Per això alguns li diuen s'Embenat, o sa Mòmia. Qui l'han sentit xerrar, diuen que parla castellà, i per l'accent li diuen s'Andalus. I si fossin molts, no s'explica que no actuïn en grup; pel que sé no se'ls ha vist mai junts. S'únic que queda clar és que és un foraster; això, i que va armat i és perillós.

–No lo sé. Todas sus descripciones coinciden, aunque nunca muestra la cara. Lleva un sombrero y un pañuelo envolviéndole todo el rostro, como si fuera un esparadrapo. Por eso algunos lo llaman el Vendado, o la Momia. Quienes le han oído hablar, dicen que habla castellano, y por el acento le llaman el Andaluz. Y si fueran muchos, no se explica que no actúen en grupo; por lo que sé no se les ha visto nunca juntos. Lo único que queda claro es que es un forastero; eso, y que va armado y es peligroso.

Acabado de decir esto, la copa que sostenía el señor Cortès explotó en su misma mano, a la vez que un estruendo hacía sacudirse a la clientela con el estallido de una ventana del lado del paseo. La sala quedó de pronto sumida en silencio, y los presentes se miraron desconcertados unos a otros. El señor Cortès, por su parte, observaba la base de la copa que había quedado en su mano, sintiéndose incapaz de comprender lo que acababa de suceder hasta que una inquietante idea le pasó por la cabeza.

Para cuando el payés había logrado atar cabos, un largo y rápido traqueteo de detonaciones comenzó a reproducirse desde la calle, causando que varios proyectiles reventaran algunas de las botellas y los marcos de fotografías que decoraban una pared. La reacción general de los clientes fue la de echarse despavoridos cuerpo a tierra, tratando de esconderse bajo las mesas o tras la barra. También una docena de personas, entre transeúntes locales, payeses y alguna meretriz, quisieron hallar en el local refugio para la balacera, irrumpiendo atropelladamente en él, lanzándose al suelo y pasándose unos sobre otros.



El Gran Passeig de Ronda, azotado por el intenso sol veraniego, se encontraba envuelto en una tenue polvareda que se elevaba hasta varios metros sobre el suelo, arrastrada por el viento de tramontana que fluía sin apenas oposición entre los descampados y las escasas edificaciones de aquella zona extramuros. El lugar que hasta hacía unos segundos rebosaba de actividad comercial se había convertido en un extraño páramo desierto, sin más movimiento a la vista que el de alguna mula desbocada que corría arrastrando sus riendas. Cerca del centro del paseo, a unos veinte metros del bar Triquet, un hombre cubierto con un sombrero y un pañuelo apuntaba un revólver hacia la cabeza de una joven que retenía con fuerza contra su cuerpo, sirviéndole de parapeto.

–Le habla Emilio Gutiérrez Alonso, capitán de la Guardia Civil –anunció una voz reverberante rompiendo el silencio desde algún emplazamiento indeterminado–. Dígame, ¿cómo prefiere que le llame? ¿El Momia o el Andaluz?

La voz guardó silencio por unos segundos mientras el bandido permanecía encañonando la mejilla de la moza, quien lloraba en silencio aterrada, sin atreverse a hacer un solo ruido.

–Está bien. Si no se decide, supongo que no le importará que le llame la Momia Andaluza –dijo aquella voz sin mostrar un atisbo de nerviosismo–. Escúcheme, Momia Andaluza. Se le requiere por varios delitos de asalto, robo con violencia, lesiones, alteración del orden público, y homicidio… entre otros. Voy a explicarle cuál es la situación. –La voz hizo una pausa antes de proceder con la explicación.– Tiene ahora mismo a… unos diecinueve agentes de la Ley apuntando directamente a su culo, entre ellos uno de los mejores francotiradores al servicio de la Benemérita.

Casi en el acto sonó un disparo, y el francotirador que había apostado en la torre de Can Maneu se estrelló contra la azotea del edificio. La joven retenida lanzó un grito de terror.

–Pero señor, ¿por qué se lo ha dicho?

–Cállese, Ramírez –ordenó el capitán malhumorado.

Emilio Gutiérrez Alonso, capitán de la Guardia Civil, se encontraba parapetado junto a uno de sus agentes entre la fachada del bar Triquet y una de las numerosas carrozas aparcadas en el Gran Passeig de Ronda, vestido con el uniforme y el tricornio del cuerpo y fumando su pipa a base de largas caladas. Sus subordinados veían en su costumbre de fumar durante los altercados una forma de ocultar su inseguridad y nerviosismo. Para él, sin embargo, era su mejor manera de reafirmar su actitud fría y autoritaria ante las situaciones que lo requerían.

–Como iba diciendo… –continuó el capitán– tiene ahora mismo a unos dieciocho agentes de la Ley apuntando sus fusiles directamente a su culo, de modo que, si me permite hacer una valoración personal –dio otra calada a su pipa–, me atrevería a decir que la situación no es precisamente la más favorable para usted.

El silencio en la calle era excepcional.

–Mire, Momia Andaluza, le voy a ser sincero. Lo tiene muy feo, tanto si se rinde como si no. Pero si suelta ahora a la muchacha y se entrega, le prometo –dijo disponiéndose a mentir– que disfrutará de un juicio justo y se le dará la oportunidad de recibir la santa expiación. Lo dejo en sus manos.

El capitán calló en espera de la respuesta del bandolero, quien se acercó al oído de la joven para pronunciar unas extrañas palabras en un tono demasiado leve.

–En la oscuridad que traigo conmigo no existe lugar para la expiación.

El capitán Gutiérrez miró extrañado al agente que había a su lado.

–¿Qué cojones ha dicho?

–No lo sé, capitán. No lo he oído.

–No me está siendo de ayuda, Ramírez.

El capitán tragó una última calada antes de lanzarse al grano.

–Bueno, estoy empezando a hartarme. ¡Decida ya! ¿Va a entregarse, o va a obligarnos a dar el siguiente paso?

La contundente respuesta del criminal no se hizo esperar. Su revólver empezó a escupir una irrazonable cantidad de proyectiles contra las carrozas, destrozando sus ejes y ruedas hasta hacerlas ceder en medio de una lluvia de astillas.

–¡Capitán! ¡Si sigue disparando nos va a engastar de plomo!

Por suerte el bombardeo cesó a tiempo, justo cuando la carroza que cubría al capitán Gutiérrez volcó hacia un lado, obligándole a acuclillarse para continuar parapetado.

–Está bien… –dijo el capitán sin alzar la voz, mientras oteaba con cuidado el panorama. El bandolero seguía usando a la joven para cubrirse–. Como les he dicho antes, la prioridad absoluta es que el Momia no salga de esta con vida, de modo que, Ramírez, puede disparar.

El joven agente vaciló mientras trataba de apuntar al malhechor.

–Capitán, no puedo dispararle. No tengo un tiro seguro. La muchacha…

–Dispare –ordenó el capitán con firmeza.

Al agente Ramírez lo invadió un sudor frío mientras permanecía oteando la calle con el rifle entre las manos. Ya podía provenir del capitán, o directamente de Alfonso XIII, pero aquella orden era absurda.

El capitán Gutiérrez no tardó en percibir la incapacidad del agente, así que suspiró resignándose a hacer el trabajo sucio él mismo. Recostado sobre el maltrecho carruaje, tomó una larga y profunda calada de su pipa, y acto seguido desenfundó su revólver, se puso en pie, y disparó sin apuntar hacia los bultos que ocupaban el centro del paseo. La bala abrió un boquete en el cráneo de la joven, resultando en una repugnante explosión de material rojizo que se expandió varios metros en mitad del paseo.

El evento fue la señal de salida para un monumental estrépito de fogonazos. Con una docena de agentes disparando al mismo tiempo, las balas parecían surgir de todas las direcciones. El bandido consiguió mantener por un tiempo el peso muerto del cadáver sobre su hombro, sirviéndole de escudo mientras salpicaba más y más chorros de sangre a medida que las balas continuaban perforándolo. El asaltador comenzó así a disparar a un agente tras otro, hasta que en poco tiempo una bala lo alcanzó en el hombro, haciendo volar su sangre varios metros. Sin amilanarse, consiguió matar a otro agente, pero estando herido no pudo seguir sosteniendo su escudo, y quedó expuesto al fusilamiento. Un primer disparo le perforó el muslo, haciéndole caer de rodillas para abatir de dos disparos a sendos guardias civiles. Luego, un nuevo proyectil le rozó el pañuelo, procedente de las carrozas, a lo que respondió clavándole una bala en la cabeza al agente Ramírez. Inmediatamente después, una última bala le alcanzó, esta vez en el pecho, muy cerca del corazón. El asesino cayó de espaldas, y los disparos finalmente cesaron.

Aún cubierto tras la carroza, y con una herida de bala limpia atravesándole el hombro, el capitán Gutiérrez contempló la enorme mancha de sangre y trozos del cerebro del agente Ramírez que impregnaba la fachada del bar frente al que se encontraba. Sabía que había dado al Momia, le había herido de muerte. Todos los agentes a su cargo y una civil habían dado su vida en ello, pero había valido la pena si había sido por poner fin a la amenaza que suponía ese sujeto. El capitán se colocó ceremoniosamente su tricornio y echó una última calada a su pipa. Era hora de salir a dar el tiro de gracia.

El hombre comprobó que su revólver seguía con balas, y empuñándolo en la mano se descubrió para encontrarse frente a frente con su adversario. Gutiérrez caminó solemnemente los dieciséis metros que lo separaban del Momia, descubriendo el deplorable estado en que había quedado el cadáver de la joven, así como el suelo del paseo embarrado en una mezcla de polvo y sangre que lo impregnaba todo.

El capitán se detuvo al llegar ante el moribundo y apuntó el revólver a su cabeza.

–Hora de pudrirse en el Infierno.

Lo que el capitán desconocía era que el Infierno tenía también una suite reservada para él aquella noche. Sin concederle tiempo para apretar el gatillo, el Momia elevó su antebrazo armado y disparó una bala que atravesó la garganta del capitán de lado a lado.

De este modo fue cómo el capitán de la Guardia Civil Emilio Gutiérrez Alonso abandonó la vida terrenal, dejando atrás a cuatro hijos, dos podencos, una mujer neurótica y una deuda de cuatro mil quinientas pesetas con Hacienda.



El bandolero dejó caer su antebrazo al suelo como peso muerto, y durante los siguientes minutos en el Gran Passeig de Ronda solo hubo silencio y viento que removía el follaje de una enorme acacia.

El Momia yacía boca arriba agonizante con su cabeza ladeada. Parecía que la quietud eterna por fin lo estaba abrazando; podía sentir ya su alma deshaciéndose de las riendas que la ligaban a aquel cuerpo perecedero. Pero de pronto, un sonido incuestionablemente mundano lo llevó de regreso al barrizal sangriento en que estaba tendido, convertido en un colador humano sanguinolento. Era el tañido de una campanilla. Una campanilla que anunciaba en la distancia la salida de Salvador Bonnin del bar Triquet.

El hostelero sostenía una vieja escopeta con ambas manos. Al asomarse al paseo, se detuvo para echar un vistazo a los destrozos y los cadáveres que habían quedado repartidos en aquella aparente zona de guerra. Tras él apareció en seguida Pere Antoni Cortès, colocándose su sombrero de paja sobre la cabeza. La pareja intercambió unas palabras, tras lo que señalaron en dirección al cuerpo del asaltador. El señor Bonnin fue el primero en llegar ante el maltrecho cuerpo del bandolero, donde el moribundo intentó en vano volver a empuñar su revólver. El hostelero respondió pisando el arma sin perturbase, apartándola de su alcance mientras negaba con unos chasquidos.

–Què hi tenim aquí? S'Andalus us diuen, oi? –El Andaluz permanecía inmóvil y en silencio en el suelo, siendo sus ojos la única parte visible de su rostro.– Entonces le hablaré en castellano para que me entienda; aunque, pensándolo bien, igualmente ahora mismo es usted más momia que andaluz.


–¿Qué tenemos aquí? El Andaluz de llaman, ¿eh? –El Andaluz permanecía inmóvil y en silencio en el suelo, siendo sus ojos la única parte visible de su rostro.– Entonces le hablaré en castellano para que me entienda; aunque, pensándolo bien, igualmente ahora mismo es usted más momia que andaluz.

En ese instante, el señor Bonnin encontró por casualidad la pipa de madera que había caído al suelo a unos centímetros del capitán Gutiérrez. Parsimoniosamente, se agachó para tomarla, retiró el polvo que la cubría, y comprobó, para su regocijo, que no estaba vacía. El hombre le confió la escopeta a su compañero, y sacó de un bolsillo una pequeña caja de cerillas que utilizó para reavivar la pipa antes de ponérsela en la boca. Hecho esto, recuperó su arma, y al fin se dirigió al criminal para continuar con la charla.

–Permítame que nos presente. Soy Salvador Bonnin, dueño del bar que… sin querer, lo sé, acaba de tirotear. Sin rencores. Ahora bien, este de aquí… –dijo volviéndose– es mi amigo y mejor cliente, el señor Pere Antoni Cortès, del municipio de Sa Pobla. –El campesino levantó su sombrero con dos dedos a modo de educado saludo.– Verá, forastero. He oído que ha estado causando bastantes problemas los últimos meses a la comunidad payesa de la isla, y que incluso… hace unos días tuvo la torpeza de matar a un humilde trabajador cuando regresaba de camino a su hogar. ¿Es eso cierto?

El bandolero miraba en silencio a los ojos al señor Bonnin, y tan solo se movía para respirar. Con cada contracción, la sangre borboteaba en el agujero de su pecho, y el charco continuaba extendiéndose por el suelo sin límite aparente.

–Como dicen en castellano, el que calla concede. Es deia així? –le preguntó a su amigo, quien no sabía ni una pizca hablar castellano, y menos decir refranes–. La verdad, trato de imaginar el futuro de este señor, y no puedo evitar verlo rojo y negro por todas partes… ¿Deberíamos ser buenos y ahorrarle un largo rato de agonía? –sugirió tirando del guardamanos de la escopeta.

–Esperi's, xueta! –se manifestó el señor Cortès–. Vos puc assegurar que tenc més ganes que vós d'enviar aquest senyor a Ca'l Dimoni, però entenc que seria de mala educació fer-ho sense deixar que es meus companys s'acostin per acomiadar-se.


–¡Espérese, chueta! –se manifestó el señor Cortès–. Os puedo asegurar que tengo más ganas que vos de enviar este señor a Ca'l Dimoni, pero entiendo que sería de mala educación hacerlo sin dejar que mis compañeros se acerquen para despedirse.

El señor Cortès se volvió hacia los vanos desnudos de las ventanas del Triquet, e hizo un gesto a las decenas de espectadores que desde allí observaban la escena asomados. Al poco, una hilera de personas empezó a brotar tímidamente del establecimiento, y en un minuto una multitud de payeses volvía a llenar la calle, reuniéndose en un corro alrededor del moribundo.

–Llevau-li el mocador! –gritó un espontáneo.


–¡Quitadle el pañuelo! –gritó un espontáneo.

De pronto, la muchedumbre estalló en una turba exigiendo a gritos que se les mostrara el rostro del criminal. Ante el clamor popular, el señor Bonnin tomó la iniciativa, y agachándose a su lado, agarró el pañuelo y deshizo las vueltas que el Momia llevaba alrededor de la cabeza; todo para dejar, por sorpresa, una extraña verdad al descubierto.

El Andaluz no era en realidad sino una andaluza.

Un enorme silencio se formó ante la revelación. El señor Bonnin, tremendamente sorprendido, soltó una mueca de incredulidad, y tras unos instantes de confusión se levantó para apartarse. Para él, aquello lo cambiaba todo.

–Tota vostra –dijo desentendiéndose, justo antes de abandonar a la muchedumbre.


–Toda vuestra –dijo desentendiéndose, justo antes de abandonar a la muchedumbre.

La masa enfurecida destrozó aquel cuerpo sin miramientos, y desde entonces hasta el día de hoy ningún bandolero volvió a actuar jamás en los prados de Mallorca.

No obstante, veinte años más tarde, el señor Cortès reconocería al señor Bonnin en un achaque de conciencia que siempre había dudado de si aquella mujer que acribillaron era la verdadera Momia Andaluza.

Capítulo 1: El espécimen 606

Oculto:
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Había pasado un siglo desde que tuvo lugar aquel incidente enterrado en el olvido. En el año 2015, el Gran Passeig de Ronda, bajo el nuevo nombre de Las Avenidas, hacía muchas décadas que había pasado de ser una circunvalación polvorienta a convertirse en la arteria principal del interior de la desarrollada ciudad, congestionada cada día por miles de automóviles y no menos transeúntes. Sobre la misma manzana donde antaño se situaban los hostales de Ses Enramades, se erigía la mole de unos grandes almacenes; el carrer Major había devenido en la comercial y transitada vía Sindicato; el bar Triquet había dejado de existir en el 2006 para ceder su local a una tienda de una conocida marca de ropa. Allá donde se mirara se alzaban manzanas con esbeltos edificios, muchos de ellos sucursales de importantes bancos nacionales. De lo que en su día fue el nacimiento del ensanche de Palma no quedaba más rastro que algunos hermosos edificios de la época del Modernismo, entre ellos el de Can Maneu, así como el trazado de las calles que había delineado el maestro Calvet.

Septiembre languidecía a marchas forzadas. Junto a un pilar del soportal de los grandes almacenes que daba a la acera de la avenida, Miguel Ángel B. Romera esperaba en una parada a que algún autobús de la línea 19 hiciera presencia para llevarlo a su puesto de trabajo. La espera se le hacía en ocasiones larga y aburrida, pero estaba más que acostumbrado a tener que pasar por ese trámite todas las mañanas. Como cada día, aguardaba en pie pacientemente con su maleta colgando mientras se entretenía observando las elegantes y dispares fachadas de los edificios que conformaban la manzana de enfrente.

En su abstracción, hacía rato que había percibido algo raro en el ambiente, pero ni se había molestado en comprobar de qué se trataba. A decir verdad, le daba igual todo. «¡Ostras, mira eso!», «¿Eh? ¿Cómo ha llegado esto hasta aquí?», «¡Dios, pobrecilla! ¿Es una cabra?», eran algunas de las exclamaciones que había oído pronunciar a varios transeúntes, y que inconsciente y sistemáticamente había ignorado. Mas no habían pasado cinco minutos desde que había llegado a la parada cuando se había formado un pequeño corro de personas cerca de él, hasta el punto de llamarle la atención lo suficiente como para abandonar su ensimismamiento y querer averiguar lo que estaba sucediendo.

El grupo estaba formado en su mayoría por universitarios y unas pocas personas de mediana edad, aunque podía distinguirse también a un par de señores mayores e incluso un niño. La mayoría se dirigirían a la Universidad, a trabajar o a la escuela, como ocurría cada día. Y sin embargo, en lugar de andar distraídos y por su cuenta como es habitual, parecía ser que algún portento extraordinario los había movido a reunirse a su alrededor para admirarlo.

Miguel Ángel se acercó al grupo y advirtió que una joven sacaba una fotografía hacia el suelo con su teléfono móvil. Lo que la joven fotografiaba era, ni más ni menos, una cabra. Una enorme y cornuda cabra montesa que yacía inerte en el suelo, entre dos de los nueve pilares del soportal de los grandes almacenes, a pocos metros de donde él mismo se encontraba esperando hasta hacía un momento. El animal tenía un pelaje oscuro, en parte marrón y negro, y unos cuernos desmedidamente retorcidos como tirabuzones hacia la retaguardia. Su semblante era la perfecta expresión clásica del Diablo.

–És una cabra mallorquina, de les mateixes que hi ha a la serra de Tramuntana; n'estic ben segur –aseveró un hombre del grupo.


–Es una cabra mallorquina, de las mismas que hay en la sierra de Tramuntana; estoy bien seguro –aseveró un hombre del grupo.

–Pero está muerta, ¿verdad? –preguntó una joven.

Estaba claro que estaba muerta, a no ser que alguien se dedicara a ir dejando cabras anestesiadas en rincones inverosímiles, lo cual a Miguel Ángel se le hacía ligeramente menos creíble que lo mismo pero con cabras muertas.

Miguel Ángel no daba crédito, pero se arrodilló ante la cabra y trató de buscarle el pulso por el cuello. Ni siquiera sabía si a una cabra se le podía encontrar el pulso de ese modo, pero en cualquier caso, el animal no hacía el más mínimo movimiento, ni parecía respirar. El hombre la examinó y no encontró ninguna herida ni rastro de sangre en ella; tampoco desprendía un olor especialmente desagradable.

–Este animal acaba de morirse, aún está caliente –dijo en voz alta–. Pero no tiene ni un rasguño. Y… es un macho.

–¿Y cómo ha llegado hasta aquí? ¿Ha venido caminando y se ha desplomado aquí mismo? ¿Una cabra de casi un metro de altura que pesará unos setenta kilos? Alguien tiene que haberla visto.

Todos negaron saber algo de su procedencia. Ninguno llevaba más de cinco minutos en esa acera, y coincidían en habérsela encontrado allí mismo al llegar.

–Yo me he asomado hace media hora, y juraría que no estaba –aseguró un joven empleado de los grandes almacenes, quien se encontraba fumando a pocos metros de una de las puertas–. Ha tenido que ser hace nada.

–Es extraño. ¿Se celebra hoy alguna feria? –preguntó la chica del móvil.

Nadie tenía constancia de ningún evento en el que se exhibieran animales, pero en cualquier caso, que hubieran dejado una cabra muerta allí tirada carecía de todo sentido, con evento o sin él. ¿Era tal vez un acto de protesta? ¿Una expresión artística de dudoso gusto? ¿Una gamberrada?

–Bueno, la cabra lleva una etiqueta, o como se llame ese piercing que tiene en la oreja –observó un joven–. ¿Qué dice?

Miguel Ángel volvió a agacharse y escrutó la etiqueta de plástico que colgaba de la oreja del animal. Era amarilla, y tan solo tenía tres caracteres impresos con una extraña caligrafía, impropia de un identificador como ese:

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–Seiscientos seis. No creo que vaya a sernos de gran ayuda –opinó.

–Pero bueno, al menos sabemos que tiene un dueño, ¿cierto?

–¿Y por qué no dejamos de preguntarnos cómo ha llegado la cabra hasta aquí y hacemos algo por quitarla de en medio antes de que empiece a descomponerse? –propuso Miguel Ángel ásperamente.

–I què feim? On s'ha de cridar quan apareix una cabra morta en mig de Les Avingudes? –preguntó uno.


–¿Y qué hacemos? ¿Dónde se tiene que llamar cuando aparece una cabra muerta en medio de Las Avenidas –preguntó uno.

–Supongo que al Ayuntamiento. Al Ayuntamiento, o a la Policía –sugirió la chica de la foto.

–Pues llamamos al 112, y asunto arreglado –dijo alguien sacando su teléfono móvil.

–Por favor, no seas bruto –espetó Miguel Ángel, haciendo un gesto con la mano para disuadirle de que usara el teléfono–; el 112 es solo para emergencias, y yo aún no he visto que la cabra se levante para comerse a la gente.

–Té raó, més adient hauria estat que qualcú hi hagués cridat quan la cabra i les seves banyes eren encara vives; a més, ara tampoc tendriem aquest dilema.


–Tiene razón, más adecuado habría sido que alguien hubiera llamado cuando la cabra y sus cuernos estaban todavía vivos; además, ahora tampoco tendríamos este dilema.

Por más que intentaba concebirlo, Miguel Ángel no podía imaginarse una cabra enorme como esa paseando tranquilamente entre los transeúntes, por la acera o la calzada, comiéndose las flores de la mediana de la avenida, quizás. Mas tampoco quería ni tenía interés en darle más vueltas a la cabeza.

–Bueno, entonces, ¿qué se hace cuando atropellan a un perro o un gato callejero y el cadáver se queda tirado? ¿Es Emaya quien se encarga? –planteó Miguel Ángel, aludiendo a la empresa encargada de la recogida de basura en el municipio.

–¡Aquí! –dijo el empleado de los grandes almacenes, sacando de algún sitio un papelucho arrugado con un número de teléfono escrito–. Llamad a este teléfono, es del Ayuntamiento.

Los individuos del grupo se miraron unos a otros, y al poco sus miradas convergieron sobre Miguel Ángel. Era justo que fuera él quien efectuara la llamada; al fin y al cabo había sido quien propuso hacerlo.

–Está bien, dame ese número.

Medio minuto después, Miguel Ángel no podía creerse lo que le acababa de suceder.

–A ver, lumbreras… –dijo tras finalizar la llamada, dirigiéndose despectivamente al empleado de los grandes almacenes–. ¿En qué momento se te ha ocurrido que era una buena idea llamar a la Empresa Municipal de Transportes para recoger una cabra muerta? ¡¿Y por qué la identificas con el Ayuntamiento?!

–Vamos a ver, técnicamente estamos en medio de una parada de autobús; si la cabra está justo aquí, será competencia de la EMT encargarse de ella.

Gran razonamiento. Si una porción de acera en plena vía pública junto a un poste y un panel LED podía considerarse propiedad de la EMT, claro.

–Técnicamente, la cabra también está bajo el soportal de unos grandes almacenes de El Corte Inglés. ¿Por qué no hacemos una sesión de ouija para preguntarle a Isidoro Álvarez lo que hay que hacer con ella? –escupió Miguel Ángel con sarcasmo.

El dependiente lanzó furioso la colilla del cigarro al suelo, y respondió a Miguel Ángel indignado.

–¡Para tu información, lumbreras, Isidoro Álvarez llevará muerto por lo menos un año!

Definitivamente, era imbécil.

En ese preciso momento, un autobús de la línea 19 se dejó vislumbrar acercándose desde el principio de la manzana.

–Me encantaría quedarme a discutir, pero tengo un asunto importante. Que tengan un buen día –se excusó Miguel Ángel con menosprecio.

Él y varios de los integrantes del corro abordaron aquel autobús atestado.

Capítulo 2: La línea 19

Oculto:
Minutos más tarde, Miguel Ángel se agarraba como podía a una asa del autobús al tiempo que éste se adentraba en el carrer del General Riera. En medio del pasillo, sin el más mínimo margen para acomodarse, se sentía como una suerte de sardina enlatada. Todos los asientos estaban ocupados, el pasillo abarrotado, y, para colmo, dos carritos de bebé acababan de ocupar a la vez su zona reservada, reduciendo dramáticamente el espacio dentro del autobús. Por si fuera poco, sentirse rodeado de niñatos universitarios le producía verdaderas náuseas.

El autobús realizó una parada, dándole solo un pequeño respiro para tomar una bocanada de aire fresco. Salieron así dos personas del vehículo, espacio que se vio sobradamente reocupado por las otras cinco que entraron. Entonces la puerta se volvió a cerrar, el autobús se puso de nuevo en marcha, y la tortura siguió adelante. Y para colmo, desde algún rincón de su pantalón, una vibración le avisaba de pronto de que estaba recibiendo una llamada.

Miguel Ángel tuvo que rebuscar en sus bolsillos y tener cuidado de no perder la cartera al sacar el teléfono. Cuando lo tuvo en sus manos, contempló la pantalla, descubriendo receloso un número anómalo que debía de tener el doble de cifras de uno normal. Pensó que, ya que se había sacado el móvil del bolsillo, no tenía mucho que perder si respondía, así que aceptó la llamada.

–¿Diga?

–Buenos días, le llamo del Departamento de Control de Fauna y Plagas del Ayuntamiento. ¿Ha llamado usted hace unos minutos a la EMT por un animal muerto en la vía pública?

A Miguel Ángel le sonó muy raro que aquella llamada hubiera llegado a algo, y más aún que se hubieran pasado su privacidad por el forro dándole su número de teléfono a una institución completamente ajena a la EMT. Tampoco había oído nunca hablar de ese tal departamento.

–Sí, he sido yo –reconoció, como quien admite haber cometido una estupidez enorme.

–Está bien. ¿Puede especificarme de qué especie de animal se trata y cuál es su localización exacta?

Dos inocentes preguntas cuyas respuestas en conjunción rozaban lo ridículo. Miguel Ángel creyó que sería mejor no andarse con tonterías ni titubeos, así que decidió ir directo al grano.

–Es una cabra. Un macho, enorme. Lo hemos encontrado muerto en Las Avenidas, en la acera junto a El Corte Inglés.

Su interlocutor calló un momento; quizás estaba anotándolo, si no asimilando lo que acababa de oír. Miguel Ángel notó la extrañeza en las caras de algunos de los jóvenes que lo rodeaban, y pensó que tal vez debió haber dicho que se trataba de un simple perro.

–Entiendo… –dijo el funcionario–. Y… ¿sabe si la cabra tiene algún identificador? ¿Una etiqueta, o algo parecido?

–Sí… una etiqueta amarilla en la oreja con solo un número de tres cifras. –Se lo dictó.

–¿Seis, cero, seis, ha dicho? ¿Nada más?

–Nada más –contestó Miguel Ángel, sin entender por qué no iban ellos mismos a averiguarlo en vez de preguntárselo.

–De acuerdo, en seguida enviaremos una brigada a recogerla. Muchas gracias por su ayuda, señor.

El funcionario colgó el teléfono sin darle tiempo para despedirse.



A unos pocos metros, una atractiva mujer cuarentona que acababa de tomar el autobús sacaba un teléfono móvil de su bolso y lo usaba para efectuar una llamada.

–Aquí la agente Padilla. He identificado al testigo –dijo en voz baja–. Iniciando la operación de captura.



Los segundos siguientes fueron extraños, tremendamente desconcertantes.

Dos sonidos atronadores hicieron de pronto estallar el aire, como dos explosiones, ensordeciendo violentamente a todos los pasajeros. Una mujer, no muy lejos de la cabina del conductor, acababa de sacar una pistola, y sin mediar palabra había abierto fuego contra el techo, desatando una mórbida avalancha de cuerpos humanos hacia la parte trasera del autobús. Lo siguiente que hizo fue apuntar al conductor para ordenarle que frenara, a lo que éste, aterrado, respondió pisando el acelerador en lugar del freno. El resto fue demasiado confuso. Una dramática colisión hizo rodar a los pasajeros unos sobre otros, de nuevo hacia delante, aplastándose las extremidades los más afortunados y la caja torácica los que menos. Después, el autobús se detuvo en seco.

Los gritos, el dolor y la confusión no tardaron en reemerger tras el impacto. La mujer armada se había perdido entre la gente y los cristales. Miguel Ángel había salido ileso, y yacía en el pasillo aplastando a una persona a la vez que alguien pataleaba y chillaba encima de él. Comprendió en seguida que era vital luchar por ser el primero en salir de ahí, así que sin pensárselo comenzó a repartir empujones y tirones hasta que logró ponerse de pie sobre la escabechina, y desde allí avanzó sin mirar dónde pisaba hasta alcanzar una de las ventanas que habían reventado con el impacto. Gracias a ella consiguió escabullirse hacia la calle.

Una vez allí, sobre la calzada, el hombre se apartó una decena de metros del vehículo y elevó la vista para estudiar el panorama. El autobús estaba cruzado en medio de la vía, empotrado contra una palmera de la mediana. Presumiblemente, antes del vegetal encuentro, debió de haber embestido por detrás a un coche, el cuál había virado hasta quedar en sentido contrario a la circulación, con los airbags disparados y sin rastro vida en su interior; sus ruedas habían dejado una larga traza de goma marcada en el asfalto. En el autobús, innumerables heridos se agolpaban tratando de escapar, ya fuera rompiendo las ventanas o usando la apertura de seguridad de las puertas, pero no volvió a oírse ni un solo disparo. Era extraño; ¿qué quería aquella mujer? ¿Quién entra en un autobús atestado como ese, donde te arriesgas a que te reduzcan sin que te enteres, y sin más se pone a disparar al techo? ¿Es que no podía esperar a la siguiente parada para bajarse? Debía de ser una loca; por muy generoso que se pusiera no podía encasillarla en una categoría de criminalidad superior a esa.

Miguel Ángel olvidó rápidamente todas las inquietudes que tenía hasta hacía un momento: la cabra, los post adolescentes, el trabajo. Ni siquiera le preocupaba en realidad lo que acababa de pasar, ni mucho menos ayudar a toda esa gente; tan solo pensaba en largarse corriendo de ese puto sitio. Así fue que se dio prisa en recomponerse la vestimenta, y dio la espalda a la escena con la idea de caminar hacia la acera.

No llegó muy lejos.

Capítulo 3: Los espías del Consistorio

Oculto:
Al dar media vuelta, Miguel Ángel descubrió ante sí con extrañeza a un grupo de hombres uniformados, encapuchados y armados con fusiles que corrían a su encuentro. Lo primero que sintió fue sorpresa. Lo segundo, un estallido de dolor en la cabeza. Después se desplomó.

Miguel Ángel no llegó a quedar inconsciente del todo. Desde su inmovilidad pudo sentir cómo lo arrastraban por el asfalto y lo subían y amordazaban en la parte trasera de una furgoneta, cubriéndole la cabeza con un saco de modo que no pudiera ver a dónde lo llevaban. A continuación, un montón de individuos se montaron en el vehículo, al tiempo que se preguntaban unos a otros por el paradero de una tal Padilla. Luego la furgoneta se puso en marcha y viajó unos pocos minutos a toda velocidad dando fuertes bandazos, así que a Miguel Ángel se le hizo imposible seguir mentalmente su trayectoria.

Tras un agitado viaje, el vehículo pareció detenerse finalmente en un parking subterráneo, donde varios hombres sacaron al rehén de la furgoneta y lo ataron a una silla de oficina. Habiendo asegurado sus ataduras, lo arrastraron con la silla varios metros hasta un ascensor con el que subieron una cantidad indeterminada de pisos. Una vez fuera, y tras un pequeño recorrido, se detuvieron en una sala que, por la reverberación que presentaba, debía de ser grande y estar vacía.

–¿Dónde está Padilla? –clamó una voz al tiempo que llegaban–. ¿No habéis vuelto con ella?

–Señor, la agente Padilla no se reunió con nosotros, ni la hemos visto salir del autobús. Quizás no haya sobrevivido al accidente.

–¡Maldición! ¡Ella era nuestro mayor apoyo!

El saco de tela que cubría la cara de Miguel Ángel se deslizó de un tirón hacia arriba, devolviéndole la facultad de la vista. Justo después lo desamordazaron, no sin antes asegurarse de que las ataduras se mantenían firmes en sus manos. En efecto, la sala era bastante grande y carecía de mobiliario, salvo por una mesa que se hallaba apartada en una esquina. La pintura blanca de las paredes aparecía enmohecida y medio desconchada. Dedujo que debían de encontrarse en una vieja oficina en desuso. Desde su posición no podía ver ninguna ventana, pero éstas seguramente estaban situadas a su espalda, pues los fluorescentes estaban apagados y la sala se encontraba solamente iluminada por la claridad natural de la calle.

El rehén pudo contar a ojo a seis hombres, e intuyó que debía de haber al menos otros dos tras él. Todos estaban igualmente uniformados y armados, y quienes no se habían quitado aún el pasamontañas estaban ya haciéndolo. De todos ellos, el tipo que acababa de preguntar por la misteriosa Padilla, a quien Miguel Ángel reconoció por la voz, ordenó a un miembro del grupo que, literalmente, «[hiciera] guardia en la puerta», y a otros tres, que «[se apostaran] en la terraza». Debía de ser el líder, pues los aludidos obedecieron sin rechistar. Una vez cumplidas sus órdenes, el hombre se volvió hacia Miguel Ángel.

–Buenos días, señor –le dijo en un tono serio pero educado–. Usted debe de ser Miguel Ángel B. Romera. ¿Me equivoco?

Miguel Ángel se limitó a guardar silencio.

–Entiendo que esté molesto –aseguró el desconocido–. Le ruego que disculpe las formas a las que nos hemos visto obligados a recurrir, pero la crisis a la que nos enfrentamos así lo ha requerido. Nuestra prioridad era sacarle de aquel autobús de inmediato y a cualquier coste, y no podíamos arriesgarnos a que nos causara algún problema durante el traslado, de ahí la mordaza.

–Y el saco, y la contusión, y las ataduras –añadió Miguel Ángel, pronunciándose por primera vez con inusitada chulería–. Ataduras que, por cierto, continúo teniendo aún habiendo finalizado el mencionado traslado.

El tipo hizo un gesto, y uno de los hombres le acercó una silla que sacó de algún lugar que excedía el campo de visión de Miguel Ángel.

–Permítame que me presente, Miguel –dijo mientras se sentaba de cara al respaldo de la silla, clara muestra de una gran virilidad y rudeza–. Mi nombre es Norberto Anglada. Ostento el rango de capitán del Cuerpo Municipal para Amenazas No Convencionales; por sus siglas, CUMANC. –El tipo se arremangó las mangas del uniforme y cruzó sus voluminosos antebrazos sobre el respaldo de la silla, probablemente con la intención de lanzar un intimidante mensaje al hombre que tenía enfrente.– El asalto al autobús ha sido orquestado por este equipo para poder traerle hasta el lugar donde nos encontramos. Por su propia seguridad, hemos considerado conveniente ocultarle nuestro paradero actual. No queremos hacerle daño. No queremos nada que usted pueda ofrecernos. Nada, aparte de cierta información que creemos que posee; una información que para usted es irrelevante, y que por tanto no le importará facilitarnos. Tan solo vamos a hacerle una serie de preguntas, y seguidamente dos de mis agentes le escoltarán hasta un lugar seguro de la ciudad donde le dejarán en libertad. Si colabora, le doy mi palabra de que en unos minutos todo esto habrá terminado.

Miguel Ángel llevaba unos segundos aguantándose la risa, pero llegado ese momento rompió en una estruendosa carcajada a la vez que elevaba su mirada hacia el techo.

–¿Qué le parece tan gracioso? –inquirió su secuestrador irritado.

Miguel Ángel continuó riendo unos segundos más, y después volvió a cruzar su mirada con la del capitán.

–¿Qué se supone que sois? ¿La Agencia Municipal de Inteligencia? ¿El CMI? –Lanzó una carcajada.– ¿Los espías del Consistorio? –Llegado a este punto, de nuevo se le hacía imposible contener la risa, y varias lágrimas empezaron a emanar de sus ojos.– Disculpad que os chafe el teatro, pero no existe esa tal Agencia Secreta contra Amenazas… ¿No Convencionales, ha dicho? –Miguel Ángel no podía dar crédito a sus propias palabras– El único instituto armado al servicio del Ayuntamiento es la Policía Local de Palma.

El capitán Anglada continuaba observándolo con su semblante serio, sin perder ni un ápice la compostura.

–No se rió tanto cuando un agente lo llamó en nombre del inexistente Departamento de Control de Fauna y Plagas. De hecho, se lo creyó a pies juntillas. ¿Qué le hace pensar de pronto que, porque nunca haya oído hablar de una institución municipal, ésta no deba existir?

–Que yo trabajo para el Ayuntamiento –respondió Miguel Ángel con total seriedad.

–Miente –sentenció el capitán tajante–. Lo sabemos todo sobre usted. Sabemos a qué se dedica. Y aún si trabajara para el Ayuntamiento, le aseguro que, a no ser que fuera el alcalde o uno de sus lameculos más directos, tampoco conocería la existencia de nuestro cuerpo.

Miguel Ángel tosió.

–Está bien. Recapitulemos, a ver si consigo situarme. El tema es que… una agencia secreta al servicio del nostre Il·lustríssim Senyor Batle rastrea esta mañana una desconcertante llamada de veinte segundos de un ciudadano a la Empresa Municipal de Transportes. A raíz de ello, la agencia decide asaltar un autobús, provocar un accidente con decenas de heridos y probables muertos, y raptar al susodicho ciudadano para llevarlo a uno de sus cuarteles secretos para tomar el té mientras lo someten a una amable entrevista. Supongo que ahora es cuando me decís que la razón de todo esto es… –una sonrisa volvía a asomarse peligrosamente en su rostro– una cabra muerta en Las Avenidas. ¡Por Dios, ¿de qué estaba rellena la cabra?! ¿De cannabis? ¿De antimateria?

Miguel Ángel volvió a romper en carcajadas.

–Mire, Miguel. Si tan divertida le parece esa asociación de causa-consecuencia que ha establecido entre la cabra y su detención, no seré yo quien venga a desmontársela explicándole una verdad de fondo que me temo que, aparte de confidencial, es demasiado compleja para que pueda entenderla y asimilarla; y conste que no es nada personal. Lo único que puedo decirle es que no alcanzaría siquiera a imaginar la magnitud de la amenaza que se cierne sobre esta ciudad en estos momentos, mientras usted y yo pasamos aquí un rato echándonos unas risas.

–Ya, déjame adivinar. Una Amenaza No Convencional, ¿cierto? –espetó Miguel Ángel.

Acabado de decir esto, varios golpes secos retumbaron en la madera de la puerta de la oficina. Todos los agentes de la sala se acercaron de inmediato a ella sigilosamente, formando a su alrededor, y el capitán se pegó de espaldas a ella empuñando su enorme arma en alto.

–¿Quién va?

–¡Soy el agente Ordinas! ¡La agente Padilla acaba de llegar!

La expresión de alivio de Anglada era lo más humano que Miguel Ángel había visto en él hasta el momento. El capitán bajó su arma y ordenó a los demás agentes que descansaran. Seguidamente, retiró el pestillo de la puerta para abrirla.

Ahí estaba la famosa y despampanante agente Padilla, apoyada en el marco de la puerta en una sugerente postura. La misma mujer, vestida con la misma ropa informal, que un rato antes había causado el terror y el holocausto en el autobús de la línea 19. Llamaba la atención el enorme hematoma que se le había formado alrededor de un ojo.

–¡Padilla! –Al capitán solo le faltó recibirla con un abrazo.– ¡Nos tenías muy preocupados! ¿Por qué no has venido con el resto del equipo?

La agente Padilla no expresó ni rastro de sentimiento alguno en su mirada. Tan solo se despegó del marco de la puerta y dio un paso hacia la sala descubriendo la pistola que llevaba escondida en su espalda. Una vez frente a frente con el capitán, apuntó a su pecho a quemarropa, y le voló el corazón de un disparo.



(Continúa en el siguiente post, por exceso de caracteres.)
Última edición por Mataformigues el 18 Ene 2016 16:10, editado 1 vez en total.
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Manifiesto de Octubre. Parte II - Transmutación

Mensajepor Mataformigues » 18 Ene 2016 16:09

(Continúa desde el post anterior.)



Capítulo 4: El Rey del Norte

Oculto:
Tras el vil asesinato de su superior, ¿era demasiado esperar una respuesta inmediata y contundente de aquella manada de lobos? Por lo visto, sí. Nada más lejos, la única reacción palpable los instantes siguientes al disparo fue una especie de generalizado asombro colectivo: los agentes que se encontraban más cerca de Padilla se alejaron de ella un paso atemorizados. La profesionalidad de aquel preparadísimo cuerpo especial de élite resultaba pasmosa.

En medio de la estupefacción de sus compañeros, la firme e impasible agente elevó sus ojos para lanzar un leve gesto afirmativo hacia el fondo de la sala, al lugar donde probablemente se situaba la terraza que Anglada había nombrado antes. Al punto, los soldados volvieron a la vez sus armas en esa misma dirección, y sin más aviso la masacre dio comienzo. Miguel Ángel se encogió y cerró los ojos ante la repentina sacudida acústica, y poco después los entreabrió tensando fuertemente su ceño para no perder detalle. Una cristalera acababa de explotar tras él, y los fragmentos de vidrio se habían esparcido hasta el otro extremo de la oficina. En seguida la sangre y las balas empezaron a volar de un lado a otro de la sala atravesando el aire al ritmo de los disparos, y los agentes fueron cayendo uno tras otro mientras la oficina era invadida por un nuevo grupo de soldados, a simple vista mucho mejor equipados y formados que los del CUMANC. El sanguinario tiroteo solamente acabó cuando ni un solo miembro del Cuerpo Municipal quedó en pie.

Miguel Ángel, una vez más, no había sufrido el más mínimo rasguño, así que simplemente se apresuró por comprobar a ojo que no hubiera ni una sola gota de sangre manchando su ropa. Una vez hecho esto, volvió a elevar la mirada satisfecho, percibiendo los gimoteos de un soldado del equipo vencedor que yacía herido en el suelo. Padilla apuntó su pistola hacia el hombre, y sin siquiera mirarle lo calló de un disparo.

Los asaltantes, discreción al alza, iban completamente vestidos de negro, pertrechados con fusiles automáticos y ataviados con unos cascos completamente cerrados, chalecos antibalas, botas militares, guantes, y unos monos con un logotipo bajo el hombro que a Miguel Ángel se le hizo extrañamente familiar.

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Padilla se giró sin abrir la boca y salió de la oficina por la misma puerta por la que había entrado, mientras los soldados procedían a rematar en el suelo a los agentes del CUMANC que seguían con vida. Un minuto después, la traidora volvió a aparecer por la puerta; esta vez, acompañada. Los soldados abandonaron de inmediato su labor para cuadrarse ante la llegada de un estrafalario sujeto, de cuerpo enorme y cabeza rasurada, cubierto con una prenda que se situaba en algún punto a medio camino entre una túnica y una bata de ducha. El gigante dio varias zancadas con sus sandalias por el escenario, escrutando cada rincón con una rígida mirada.

–¿Solo una baja? –preguntó con una voz grave y profunda tras comprobar el balance con que se había saldado la matanza.

La agente Padilla se apresuró a responderle con firmeza militar.

–El agente ocho ha caído abatido por fuego amigo y ha perdido la compostura. Ante su improcedencia, me he visto obligada a hacerle callar.

Las palabras «fuego amigo» resonaron en la cabeza de Miguel Ángel. ¿Con todo lo que habían disparado, los agentes del CUMANC no habían conseguido herir a ningún oponente?

El hombre continuó estudiando el escenario sin alterarse mientras la agente le respondía. Al acabar de oír la explicación, se agachó ante el cadáver de un agente del CUMANC para tomar una escopeta de sus manos. Levantándose, tiró del guardamanos para eyectar un cartucho vacío, apuntó el arma hacia uno de sus soldados, y abrió fuego contra él. El cañón de la escopeta profirió una ensordecedora explosión, pero el soldado, a pesar de encontrarse a menos de dos metros, no se inmutó, ni mostró el más mínimo indicio de haber resultado herido. Miguel Ángel quedó atónito ante el insólito suceso.

–Munición de fogueo –explicó el calvo antes de dirigir a Padilla una mirada inquisitiva.

–Yo no he tenido nada que ver –aseguró la agente tras unos segundos de silencio.

Con que era eso. En lugar de rendirse o resignarse, los soldados del CUMANC se habían encomendado a un montón de armas cargadas con petardos para repeler la ofensiva de aquella fuerza de lejos superior. Al menos, nadie negaría que habían muerto con las botas puestas.

–¡¿Es así como Cort se las gasta conmigo?! ¡¿Ha olvidado acaso esta generación de ineptos cuál es la razón de su existencia?! –gritó el grandullón encolerizado, lanzando el escritorio de la oficina sobre un par de cadáveres.

Miguel Ángel alucinaba con la escena que se estaba desarrollando a su alrededor. Aquel hombre ni siquiera le había mirado desde que entró; se sentía increíblemente ignorado y desubicado, aunque, desde su enfermiza impasividad, tampoco es que hubiera hecho nada por llamar la atención de nadie. Tal vez era eso. Quizás tenía la habilidad sobrehumana de volverse invisible.

Cuando se hubo relajado, el tipo del albornoz se aproximó a la agente Padilla y por primera vez la miró a los ojos. A Miguel Ángel no le costó apreciar el deseo encendido en la mirada del gigante.

–Tu actuación ha sido impecable, Padilla, y debo agradecértelo. Has conseguido engañar hasta el último momento a los perros del Ayuntamiento. Ahora todo va a ir como está predispuesto; el sacrificio casi está terminado. Has sido una herramienta de gran utilidad; no dudes de que nuestro Señor lo tendrá en cuenta en la vida que viene después de esta.

El hombre la agarró de la cintura con nula delicadeza, y la trajo a sí dándole en los labios un morreo de película. Al soltarla, la agente tardó una fracción de segundo en recomponerse y, como si nada, solicitó que se le dispensaran nuevas órdenes.

–Llevaros toda esta escoria de mi vista –respondió el hombre señalando al suelo con su brazo extendido–. El santuario debe estar despejado para que el ritual surta efecto. Tú también, Padilla.

Los soldados obedecieron de inmediato, y agarraron cada uno un cadáver hasta sacar por la puerta los nueve cuerpos que llenaban la sala.

–¿Quiere que nos llevemos también al testigo? –preguntó Padilla señalando a Miguel Ángel con la cabeza.

El tipo miró por fin al rehén a los ojos, y pareció pensarse por un momento la respuesta.

–No –concluyó–. Es el testigo. Debe asistir al ritual hasta el final.

El hombre y la mujer se despidieron «hasta la otra vida», y tras ello Padilla abandonó la estancia dejando solo a Miguel Ángel con el loco del albornoz.



Tras la partida de la agente, un gran silencio se hizo fuerte en la sala, y el calvo quedó mirando estático la puerta cerrada, de espaldas a Miguel Ángel. Por primera vez era perceptible el apagado sonido del tráfico en la calle. Debían de encontrarse en un piso bastante elevado; un ático, probablemente, si era cierto lo de la terraza.

Miguel Ángel lamentó cínicamente el incómodo silencio, así que decidió tomar él mismo la iniciativa para romper el hielo.

–Muy guapa –dijo, ante lo que el calvo reaccionó irguiendo ligeramente la cabeza–. Tu novia, quiero decir.

Aquel hombre se giró para encarar a Miguel Ángel.

–Padilla es una mujer inteligente, fría y cauta. Lleva el Mal en su genoma.

–Fíjate; yo habría dicho justo lo contrario al momento de conocerla.

El tipo reflexionó unos instantes.

–Ella ya es parte del pasado, ha cumplido con su cometido. Hay que dejar las herramientas atrás y mirar al futuro. Un futuro que hoy, tras siglos de espera, empezará a ser referido en presente. –El hombre se irguió para mirar al horizonte en una pose solemne, y después de unos segundos volvió a prestar atención al rehén.– Dime, testigo. ¿Cuál es tu nombre?

Un tipo chungo. Solo los más capullos preguntan «¿cuál es tu nombre?» en lugar de «¿cómo te llamas?».

–Miguel Ángel –respondió en tono pasota tras pensárselo un momento.

–Miguel Arcángel –corrigió aquel tipo haciendo un dramático énfasis en la segunda palabra–. Dime, Miguel: no serás un guerrero de la Luz que ha venido a combatirme en el día de mi gloria, ¿verdad?

Miguel Ángel miró al grandullón extrañado.

–Guerrero de la Luz… la verdad, nunca me lo había planteado. Me parece que no me pega.

–Me alegra oír eso –aseguró el hombre–. Debo reconocer que siento curiosidad por saber más acerca del testigo que el destino ha designado para este día tan señalado. ¿A qué te dedicas?

Miguel Ángel empezaba a divertirse.

–A aguantar a imbéciles –soltó, pensando que aquel le era un oficio muy oportuno en ese momento.

–Interesante profesión. ¿Qué eres exactamente? ¿Presidente del Pleno Municipal, o algo por el estilo?

–Profesor –se limitó a aclarar.

–Entiendo. Dime, profesor, ¿te ha dicho alguien en qué lugar estamos? Apuesto a que no.

Miguel Ángel se alegró de que por fin alguien volviera a sacarle el tema. La verdad es que tenía curiosidad por saberlo.

–Ganas la apuesta.

El hombre esbozó una leve sonrisa y agarró el respaldo de la silla para hacer rotar a su testigo.

–Compruébalo tú mismo.

Justo como había supuesto, en la zona posterior de la sala, Miguel Ángel halló los restos de una gran cristalera que se extendía de extremo a extremo de la pared. La cristalera separaba la oficina de una terraza alargada y de unos tres metros de anchura, limitada por un peculiar pretil de forma zigzagueante. Mas nada de esto resultaba verdaderamente revelador, sino las vistas que desde ahí se tenían a los enormes carteles luminosos con el logotipo y el nombre de los grandes almacenes de El Corte Inglés, ensamblados en la azotea del edificio de enfrente. En efecto, se encontraban en un ático en una manzana contigua a la de los grandes almacenes, exactamente al otro lado de la avenida. ¡El CUMANC lo había secuestrado para llevarlo de vuelta al punto de partida!

–Es prácticamente el mismo lugar donde ha empezado todo esta mañana –dijo el hombre, como leyéndole la mente–. ¿Te parece que es casualidad? –Miguel Ángel continuaba observando sorprendido aquellos enormes triángulos verdes del logo del gigante español del comercio. Había barajado distintas opciones, pero en ningún momento se le había ocurrido pensar que pudiera estar en Las Avenidas.– Déjame decirte que no lo es. Hace apenas una hora, ahí abajo, has tenido el honor de presenciar el comienzo de un antiguo ritual que culminará en tan solo unos minutos. El edificio Minaco, en el que nos encontramos ahora mismo, es en realidad un santuario construido hace décadas para preparar mi advenimiento. Si eres de por aquí, seguro que más de una vez te habrá llamado la atención la extraña forma serrada de su fachada. –¿Para qué iba a negárselo? Aquella misma mañana, mientras esperaba al autobús, no podía dejar de mirarla abstraído desde la acera opuesta.– Pues bien, profesor, sabe que dicha fachada está cargada de simbolismo. Si observas este edificio desde la avenida en el cruce con la calle Aragón, tan solo verás una enorme pared lisa de mármol amarillento. Sin embargo, si avanzas por la avenida, puedes presenciar cómo ese muro homogéneo transmuta ante tus ojos, cambiando su aspecto radicalmente al de un gran mosaico de ventanales. El edificio da la espalda al pasado, a lo que hay detrás, a la primera parte del sacrificio. Sin embargo, sus ojos se abren en forma de ventanas al futuro, al final del ritual, al advenimiento o la avenida. El santuario se construyó justo aquí, en el punto intermedio, el lugar más adecuado para llevar a cabo el sacrificio.

Los ojos del edificio se abren en forma de ventanas, sí, y también de anuncios, por cierto –pensó el rehén.

Miguel Ángel levantó una ceja y se quedó mirando a aquel tipo.

–Yo más bien diría que es un edificio feo de cojones.

Esa misma era la conclusión que había alcanzado aquella precisa mañana mientras lo observaba, justo antes del episodio de la cabra y los idiotas de sus plañideros.

–Nadie te obliga a creer –dijo el tipo de la túnica–. Tú solo eres el testigo.

Miguel Ángel se sintió confortado ante esa posición.

–Está bien. Soy el testigo. Entonces, haz el favor de explicarme una cosa que me ronda por la cabeza. No es que me esté enterando demasiado, pero por lo que has dicho entiendo que la cabra formaba parte de un sacrificio, o algo así. Si es así, ¿por qué etiquetarla con el número seiscientos seis? ¿El número de la Bestia no era acaso seiscientos sesenta y seis?

–Profesor… –dijo el gigante–. Me temo que estás muy confundido. La marca del macho cabrío no es un número. Ni siquiera es un código. –Diciendo esto, dio media vuelta, colocándose de espaldas a Miguel Ángel, y se desanudó la cinta que ataba su túnica.– La marca del macho cabrío es… una palabra.

De pronto, el hombre descolgó la vestimenta de sus hombros, dejándola caer hasta los tobillos, de modo que su enorme espalda quedó expuesta a los ojos de Miguel Ángel en la forma de un colorido mural tatuado.

El gran dibujo en su espalda representaba la cabeza de una cabra; curiosamente, idéntica a la que había visto muerta esa mañana. El animal se encontraba rodeado largas llamaradas de fuego, y escrita en la base del tatuaje, justo por encima del calzón que el tipo llevaba puesto, podía leerse la palabra Gog.

–«En aquel tiempo yo daré a Gog por sepultura un lugar en Israel, el valle de los que pasan al oriente del mar. Y obstruirá el paso a los transeúntes, pues allí enterrarán a Gog y a toda su multitud; y lo llamarán el Valle de Hamón-gog.»

Miguel Ángel comprendió entonces lo que aquel sujeto quería decirle. La marca no era un número, sino una palabra. En la etiqueta no ponía 606, sino GOG. Había confundido los caracteres.

–¿Gog? ¿De qué puñeta estás hablando?

–Ezequiel treinta y nueve once –dijo sin dejar de darle la espalda–. El Antiguo Testamento describe la primera parte del ritual. Gog, en la forma de un macho cabrío, es sepultado en la ciudad sagrada, junto a la antigua puerta del este. La multitud, los transeúntes, los viajeros de la región de oriente, quedan atónitos ante su presencia en el valle: el foso o la avenida. ¿No se parece a lo que ha sucedido esta mañana?

Miguel Ángel estuvo a punto de decir algo, pero entonces aquel tipo continuó con su delirio.

–Pero la cosa no acaba ahí. Apocalipsis veinte, versículos siete a nueve: «Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió.» –El tono con que pronunció esta última sentencia resultó indescriptiblemente aterrador.– Como indica el pasaje, la prisión del Diablo solo puede abrirse una vez cada cien años, cuando Gog ha sido sacrificado y sepultado en la ciudad amada, en consonancia con la profecía de Ezequiel.

El gigante se dio entonces la vuelta, revelando a Miguel Ángel la otra mitad del lienzo de su piel.

–Entonces, el portal del Averno se abrirá, permitiendo que Magog, el dragón alado, salga de su morada para causar la perdición de todas las naciones de la Tierra. El Armagedón.

En el pecho del hombre había dibujado un enorme dragón alado, y bajo él, en el vientre, aparecía la palabra Ma-Gog. La misma que había visto bordada en los uniformes de sus soldados.

Miguel Ángel, ahora sí, creyó que el asunto había ido demasiado lejos. No es que pretendiera encontrarle el más mínimo sentido a aquel disparate, pero es que ese pirado no había pronunciado ni dos palabras coherentes seguidas en todo su discurso.

–Ya. Satanás y el Armagedón –dijo Miguel Ángel–. Y me imagino que tú debes de ser el Anticristo.

–Yo tengo muchos nombres –aseguró–. Las Escrituras me llaman el Rey del Norte, el Ángel de Luz, el Príncipe de Persia. También el Anticristo. No puedo escoger una sola de esas denominaciones, al igual que tú te llamas Miguel, pero no puedes desprenderte de tu título de testigo, de profesor, o de papá.

Miguel Ángel no se sintió intimidado ni lo más mínimo.

–A ver, y… hablas de una cabra, una cabra literal. Y luego de un dragón. ¿Debo entender que hablas de un dragón literal, también? ¿Como un monstruo, una criatura legendaria?

–¿Se te hace difícil de creer? –preguntó el auto proclamado Rey y Príncipe–. Como te he dicho, solo hay una oportunidad de realizar el ritual una vez cada cien años, y hasta hoy todos los intentos por llevarlo a cabo siempre han terminado en fracaso. –Era de suponer. Miguel Ángel nunca estudió el período armagedónico en Historia.– Tan solo ha habido un Rey del Norte que ha estado cerca de conseguirlo, hasta el punto en que su sacrificio sirvió para invocar a Magog, el dragón. Sucedió hace cuatro siglos, en el año 1615.

–Ah, ¿sí? ¿Y eso sucedió en esta misma ciudad santa, o en otra? –preguntó Miguel Ángel con ironía–. Porque no tengo constancia de ninguna criatura demoníaca causando desolación en algún momento de la historia de Palma.

Se iba a ahorrar mencionar ciertas excepciones relativas al mundo de la política que podrían herir algunas sensibilidades.

–Oh, vaya –dijo el hombre en tono altanero–. ¿Debo entender entonces que nunca has oído hablar del Drac de na Coca?

Miguel Ángel se mostró sorprendido ante esta salida del calvorota. En efecto, el Drac de na Coca era una bestia del folklore mallorquín que en una época, se cuenta que por el siglo XVII, campó a sus anchas por la ciudad causando el terror entre los palmesanos. Dice la leyenda, cuyo trasfondo veraz defienden muchos entendidos, que el monstruo habitaba en las cloacas, y solo salía para alimentarse, principalmente de infantes. El supuesto cuerpo momificado de aquel animal aún se exhibía al público en el Museu Diocesà de Mallorca, anexo al Palacio Episcopal.

–El dragón –continuó– toma su nombre del entonces gobernador de Alcudia, el capitán Coch, término que no es sino una versión distorsionada de la palabra Gog.

–La verdad –intervino Miguel Ángel–, si esa es tu bestia del Averno, me intriga cómo podría un cocodrilo desencadenar el Armagedón.

–Como te he dicho, el ritual no llegó a completarse con éxito. La incomprensión de las Escrituras y del rito sagrado por parte de los anteriores Reyes del Norte les ha hecho fracasar en un intento tras otro por invocar a Magog. En el caso del capitán Coch, se identificó a sí mismo como Gog en lugar de al macho cabrío, lo que provocó que Magog no pudiera ser invocado en su forma plena.

¿En serio? ¿Una inexactitud terminológica? –pensó Miguel Ángel.

–El ritual es complejo –prosiguió–, pero a pesar de ello, no ha habido ni un solo siglo desde que se fundó la ciudad sagrada en que no se haya presentado el Rey del Norte para intentar llevarlo a cabo. El último Rey hasta nuestros días fue una Reina; una forastera que se dedicó al bandolerismo hasta que, llegado el momento, intentó realizar el ritual aquí mismo, a menos de una manzana de donde nos encontramos. Iba en buen camino, pero le perdió la indiscreción.

–Un momento –interrumpió el testigo, de nuevo al borde de la carcajada–. ¿Un bandolero…? Perdón… ¿Una bandolera, en pleno siglo XX? Hasta donde yo sé, el bandolerismo en Mallorca no pasó del siglo XVIII, si es que acaso llegó tan lejos.

–Lo de la Reina del Norte fue un caso aislado. Ella procedía del sur de la Península, donde el último bandolero no murió hasta bastante avanzado el siglo XX. Pero eso es irrelevante. Lo que importa es que, debido a su actividad delictiva, la Guardia Civil llevaba tiempo persiguiéndola, así que el mismo día del ritual decidió tenderle una emboscada. La Reina fue abatida y ajusticiada antes de terminar el sacrificio. No fue casualidad, pues el propio Ayuntamiento sabía que el Rey del Norte estaba por presentarse de un momento a otro. En seguida sospecharon de ella, y movieron los hilos para asegurarse de que no salía con vida de la encrucijada; se cuenta que sobornaron al capitán de la Guardia Civil con más de cuatro mil pesetas de la época para que la neutralizara a cualquier coste. Pocos años después de aquello, el Ajuntament de Palma decidió fundar el Cuerpo Municipal para Amenazas No Convencionales, una agencia secreta especializada que tendría como objetivo último prevenir la aparición del Rey del Norte e impedir la invocación de Magog.

–Ah, o sea, resulta que el Ayuntamiento está metido en el ajo, ¿eh? –destacó Miguel Ángel.

–Desde la misma fundación de Palma, todos sus diversos gobiernos han sido conscientes del determinante papel de la ciudad en las profecías.

–Ya. Pero es que, verás; sucede una cosa –respondió el testigo cambiando de pronto a un tono serio y desafiante–. Palma fue fundada como asentamiento romano en el año 123 antes de Cristo, mientras que la profecía de la Revelación del Apóstol Juan que antes has citado datará de finales del siglo I. Y si tanto te gustan las Escrituras, hablemos de las Escrituras. Esos mismos versículos que has recitado indican que Satanás «saldrá a engañar» «a Gog y a Magog», siendo Gog, según tú, literalmente una cabra muerta; y siendo Magog, también según tú, el propio dragón, Satanás, tras salir de su prisión. La verdad, me gustaría que me explicaras, como testigo que soy, cómo se las va a apañar Satanás para engañar a Magog, o sea, a sí mismo, y qué interés tendría en ello, porque con la Biblia en la mano, no puedo evitar que tu interpretación me parezca contradictoria y llena de agujeros.

Miguel Ángel paró para tragar saliva, pero solo porque se atragantaba, ya que ahora que había puesto el turbo no quería dejar ni un segundo de tregua.

–Por otra parte, como tú mismo has dicho, según el versículo siete del capítulo veinte, Satanás, Magog o como quieras inventarte que es su nombre, saldrá de su prisión pasados «mil años», no cien años, ni siquiera cada cien ni mil años, como si ese evento fuera algo que tuviera que repetirse, o que pudiera posponerse en caso de fracasar. La verdad, con todo esto, y no te ofendas, tengo la ligera sensación de que más que el friki del Fin del Mundo que buscas aparentar, no eres más que un imbécil al que le sobran las ganas de llamar la atención, con sus tatuajes, su panda de malotes y su novia buenorra, pero que no ha pasado de leer un par de versículos sueltos y descontextualizados de dos de los libros más pop de todo el canon bíblico, precisamente el de Ezequiel y el Apocalipsis.

Miguel Ángel dio por terminado el repaso y se recostó en el asiento cuanto se lo permitieron sus manos aferradas al respaldo de la silla. Se sentía satisfecho consigo mismo por haber ridiculizado toda la sarta de memeces de ese anormal, incluso a coste de haber llamado imbécil a un peligroso desequilibrado de su calibre. A decir verdad, tampoco parecía que tuviera que preocuparse, pues desde el momento en que había empezado a rebatir toda aquella película, el Rey de Perder el Norte parecía hallarse desconectado de la realidad, exhibiendo de pronto una expresión ausente, con la mirada perdida cerca del techo, la cara torcida y la boca entreabierta. Cuanto menos, curiosa su forma de encajar la paliza.

Había pasado cerca de medio minuto desde que se hizo el silencio, cuando un ligero traqueteo comenzó a ser audible, procedente de la terraza. Al principio era suave. En poco tiempo cobró intensidad. De pronto el día se había apagado, y un fugaz estallido de luz iluminó el cielo. Era la primera tormenta de aquel otoño.

–Profesor… –dijo aquel tipo saliendo al fin de su ensimismamiento–. A la dinastía del Reino del Norte le ha tomado más de dos mil años terminar de descifrar y comprender todos los extraños pormenores de las profecías que hoy tienen que cumplirse. Me encantaría contar con dos mil años más para poder explicárselas al testigo, pero me temo que el tiempo señalado ha llegado. Es hora de poner fin al sacrificio.

Bonita y falaz forma de salir al paso. Miguel Ángel se preguntaba qué pasaría a continuación. ¿Iba a sacrificar al testigo? ¿Iba a dibujar un pentagrama de sangre en el suelo para que de él saliera Magog? Estaba impaciente por descubrirlo.

Lo que el Ángel de las Pocas Luces hizo, sin embargo, Miguel Ángel no se lo habría esperado. El hombre lanzó su túnica a un lado, se agachó, y se desató las sandalias. Después dio media vuelta, y con los pies descalzos caminó varios metros a paso lento, pisando los pequeños fragmentos afilados de vidrio del ventanal, provocando que sus pasos dejaran un repugnante rastro de sangre a medida que avanzaba. El tipo apenas se inmutaba; no se quejó lo más mínimo aunque sus piernas comenzaron a temblar y su paso se hacía cada vez más lento. Debía de ir hasta el culo de anfetaminas.

Cuando llegó ante el portón reventado del ventanal, se agachó para tomar un pedazo alargado de vidrio que había quedado enganchado a la puerta, cortándose las palmas de ambas manos en el acto. Después se giró hacia Miguel Ángel, y el profesor fue testigo de cómo el hombre se hacía a sí mismo un enorme corte superficial, de forma ovalada, alrededor de su ombligo y de toda la palabra Ma-Gog. Varios hilos de sangre comenzaron a correr hacia abajo por su vientre, formando junto al óvalo el dibujo de un agujero que parecía extenderse hacia las profundidades de la tierra, y del que el dragón de su pecho emergía como el mismísimo Diablo abandonando su abismo.

El hombre miró a los ojos a Miguel Ángel, soltó la improvisada daga ceremonial, y se agarró al marco del portón para poder mantenerse en pie. Sus ojos rabiaban de dolor, y mostraba exhausto su dentadura al tiempo que aspiraba y exhalaba aire, haciendo palpitar el mural de su torso como si éste cobrara vida.

–La espera ha terminado. El ritual se ha completado a la perfección. Hoy Magog volverá a la Tierra en su forma plena.

El gigante se giró con dificultad hacia la terraza, soltó el marco del ventanal, y a duras penas caminó hacia el exterior dando grandes tumbos. Al llegar al antepecho, se agarró a una parte del pretil formada por dos barras horizontales, que por entonces se encontraban humedecidas por la lluvia, y ayudándose de un estrecho pilar se encaramó a él con cuidado. Una vez arriba, permaneció apenas un segundo en pie, y en ese punto fue difícil determinar si se cayó, o se lanzó al vacío.

Lo último que pudo ver Miguel Ángel fue el rostro en su espalda de la maldita cabra desapareciendo sima abajo.

Capítulo 5: Las murallas de Palma

Oculto:
Miguel Ángel separó sus brazos del respaldo de la silla, y los movió lentamente hacia delante estirándolos con ansia. Una vez terminada la operación, se llevó una mano al cuello y lo torció profiriendo un agradable crujido. Llevaba un montón de tiempo simulando estar maniatado, pero lo cierto es que había conseguido desatarse él solo poco después de su llegada a la oficina, sin que nadie se hubiera percatado de ello.

Miguel Ángel era profesor, sí. Lo que seguramente el Rey del Norte no había pensado es que fuera profesor de artes marciales. El rehén podía parecer poca cosa, pero lo cierto es que era un experto multidisciplinar que había pasado su vida curtiéndose con éxito en distintas técnicas de lucha, mientras que aquel capullo no era más que un chulito de gimnasio al que habría reducido sin esforzarse cuando se le hubiera antojado. No obstante, debía reconocer que se había estado divirtiendo, y la curiosidad por saber en qué iba a terminar todo aquel delirio lo mantuvo pegado a la silla hasta el final; un final que para nada lo había decepcionado.

Quizás tenía razón, y mi destino desde el principio era ser el testigo –pensó en broma.

Otra persona cualquiera habría corrido a hacerlo, pero a él ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de acercarse a la terraza para mirar hacia abajo. ¿Para qué? Ya había visto suficiente. Además, llovía y había empezado a hacer frío. Como quien termina de ver una película en una sala de cine, el hombre se puso en pie haciendo crujir sus vértebras, dio la espalda a la terraza, y sin más se dirigió a la salida.



La puerta de la oficina daba a un oscuro pasillo, que en pocos pasos desembocaba en un enorme rellano. En mitad de éste se encontraba el gran hueco de una escalera que, a pesar de la relativa oscuridad, dejaba ver todos los pisos del edificio hasta la planta baja. Miguel Ángel oyó algunos ruidos, pero no les prestó atención. Se apresuró en localizar el ascensor, y pulsó el botón de llamada, sin obtener ninguna respuesta; parecía que no había corriente.

Resignado, caminó hacia la escalera, y justo al llegar a la barandilla percibió unos gritos provenientes de las plantas inferiores. Esta vez se asomó, vislumbrando a varios soldados de Magog que apuntaban con sus fusiles hacia el fondo del hueco. Los soldados abrieron fuego, recibiendo en seguida respuesta por parte de alguna fuerza artillera oculta en las sombras.

Miguel Ángel se alejó prudencialmente del pasamanos al tiempo que la enorme sala vertical sucumbía al estrépito desatado, y con una tranquilidad asombrosa empezó a descender la escalera.

Tras superar varios descansillos, el profesor halló el inicio de un rastro de cadáveres que salpicaban la escalera. Bajó un piso más para encontrar un par de soldados, los mismos que había visto desde arriba, quienes asomaban sus armas por encima de la barandilla y escupían una ráfaga de metralla tras otra. Miguel Ángel se aferró a la pared para no estorbarles, y continuó con su camino, tan solo iluminado por los fogonazos que desprendían las ametralladoras. Dos pisos después, un soldado caía por el hueco de la escalera, provocando un gran estruendo al impactar contra el fondo del edificio.

–¡CUMANC! ¡Las manos a la cabeza! ¡Vamos, al suelo!

Al menos cinco agentes del CUMANC surgieron repentinamente de la nada. Varios de ellos le apuntaban amenazantes con sus fusiles, mientras los demás seguían con el tiroteo. Por lo visto, habían llegado los refuerzos, esta vez con armas de verdad. Media hora tarde, eso sí.

¿Mucho tráfico por la Vía Cintura? –pensó.

El profesor se llevó las manos al cogote, y al momento percibió cómo un agente elevaba la culata de su arma al aire, a punto de estrellarla contra su cabeza como ya lo había hecho uno de sus compañeros aquella misma mañana; debía de estar en el manual de violación de los derechos constitucionales. Ni qué decir que Miguel Ángel no estaba dispuesto a permitir que otra contusión pusiera en riesgo su integridad cerebrovascular, ni mucho menos tenía intención de volver a caer preso de aquel circo de funcionarios exaltados. Su rápida reacción lo sorprendió a sí mismo.

–¡Soy el testigo!

No podía creérselo. Como si hubiera dicho algún conjuro mágico, el hombre que lo amenazaba detuvo la maniobra al instante. Sin bajar sus fusiles, los agentes se miraron unos a otros, y de inmediato continuaron su camino, sin decir una palabra, dejando a Miguel Ángel atrás. Contra todo pronóstico, la ocurrencia había funcionado, siguiendo con la tónica de que esa mañana nada debía tener sentido.



Unos metros más abajo, la agente Padilla se escondía en la penumbra de un recodo del rellano, preguntándose desesperada qué iba a hacer para escapar de esa situación. Todas las salidas del edificio estaban tomadas por el CUMANC. Los agentes que habían entrado estaban masacrando a su equipo, y sabía que tarde o temprano darían con ella y sufriría el mismo destino. «No dudes de que nuestro Señor lo tendrá en cuenta en la vida que viene después de esta», le había dicho Lalo. Claro, para él era fácil decirlo, pero en el fondo ella no creía en nada de toda esa historia descabellada de Magog y el Fin del Mundo. ¿Quién querría provocar el Armagedón? No podía entenderlo, pero le daba igual. Lo idolatraba. Si él estaba decidido a dar su vida en esa empresa extraña, ¿qué menos iba a hacer ella que acompañarle hasta el último momento? ¡Era su hermano!

Padilla seguía dándole vueltas a estas cosas, cuando una fuerza sobrehumana tiró repentinamente de ella, lanzándola contra la barandilla del rellano y haciendo que su pistola cayera al vacío.

–¡Oh, Dios! –gritó aterrada. La habían descubierto.

Pero no, no era un agente municipal quien se encontraba ante ella. ¡Era el testigo!

El hombre se plantó a un metro a su frente y, para su desconcierto, comenzó a agitar su cuerpo en una extraña coreografía, contorsionando sus brazos y piernas, gesticulando con la cabeza. ¿Qué hacía? ¿Quería intimidarla? Parecía que estuviera realizando una serie de movimientos de artes marciales… unos movimientos que le resultaban familiares… ¡Sí! ¡Había visto esa disciplina anteriormente, aunque no podía recordar dónde!

Cuando el tipo acabó la extraña exhibición, adoptó una posición de guardia y permaneció estático en ella. Padilla dio al fin con la solución de su enigma.

¡Abir! ¡Abir Judith! –exclamó entusiasmada.

El Abir Judith era un arte marcial ancestral hebreo que se remontaba a la época de los patriarcas. ¡No podía esperar menos del testigo! Cada movimiento que había realizado se correspondía con una letra del alfabeto hebreo. ¡No quería hacerle daño! ¡El testigo le había dado un mensaje! Pero, ¿cuál era el mensaje? Padilla procuró tranquilizarse.

–Es Abir Judith, ¿verdad? –insistió, respirando nerviosa–. ¿Qué significa?

Miguel Ángel bajó la guardia, se encogió de hombros, y con un ademán humilde respondió la pregunta de la agente.

–«Santificarás las fiestas.»

Siete segundos más tarde, la columna vertebral de la agente Padilla se quebró en varias partes al impactar contra el duro y frío suelo de la planta baja.



Ni siquiera él mismo lo sabía, pero Miguel Ángel Bonnin Romera, padre de familia y de ascendencia chueta, sufría una psicopatía no diagnosticada que le hacía ser patológicamente insensible al sufrimiento ajeno; y aunque solía mostrar una impasividad férrea por bizarra que fuera la situación que acaeciera, en algunas infrecuentes pero dramáticas ocasiones no había nada bajo el cielo, ni siquiera él mismo, que pudiera refrenar sus impulsos más primitivos.

Bonnin acabó de bajar las escaleras mientras unos pocos disparos, ya en las plantas más elevadas del edificio, continuaban silenciando el rumor de los truenos que procedía de la calle. Siempre había creído que, si algún día mataba a una persona –idea que le despertaba una curiosidad morbosa, aunque no creía que fuera a llegar a darse jamás–, se tomaría su tiempo para disfrutar de diseccionarla en algún lugar tranquilo al son de alguna buena música. Lamentablemente, no se daban en ese momento la condiciones adecuadas; llegaba tarde al dōjō, y sentía un interés casi enfermizo por no mancharse la camisa.

Padilla le había sorprendido, a decir verdad, gratamente, al reconocer aquellos movimientos que le había dedicado como ofrenda de despedida. Como buen descendiente de judíos que era, y hombre interesado en las artes marciales, se había sentido atraído por aquel antiguo arte de sus ancestros de sangre azul, el Abir Judith. Apenas acababa de iniciarse en la disciplina, y estaba aprendiendo a gesticular los mandamientos de la Torá, pero le enorgullecía darse cuenta de que estaba realizando avances en la técnica.

Al pasar junto al cadáver de la agente, le entristeció pensar en dejarla allí e irse sin más. Necesitaba llevarse algo de ella, un fetiche. Quizás algo que llevara encima, una prenda de su ropa, o un mechón de pelo. Bonnin se acercó a ella y la cacheó, primero sobre su chaqueta de cuero beige. Después bajó las manos a su cintura.

¡Bingo!

Bonnin introdujo una mano en el bolsillo del pantalón de la agente, y no pudo creerse lo que sacó de su interior: una única llave, atada a un llavero con un famoso logotipo que no le costó reconocer.



Miguel Ángel Bonnin bajó al garaje subterráneo del edificio, donde solo unas tenues luces de emergencia evitaban que la oscuridad fuera absoluta. Desde la puerta, extendió su mano y pulsó uno de los botones del mando a distancia de la llave. En el acto, las luces parpadeantes de uno de los automóviles del parking respondieron a su llamada.

Bonnin caminó hasta aquel vehículo, cruzándose en su camino con un furgón que, según pudo reconocer, era el mismo con el que había llegado al edificio. Por suerte para él, su salida se anticipaba notoriamente más lujosa. Evitaba conducir; lo odiaba y le irritaba incluso más que viajar en autobús, pero por la ocasión valdría la pena cometer una pequeña excepción.

Allí estaba, y era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo: un impecable y espectacular superdeportivo Lamborghini Aventador rojo. Bonnin elevó una de las puertas de tijera del vehículo, se sentó al volante, e hizo contacto con la llave. Al momento, las ruedas y la sensual silueta de la carrocería se encendieron con una fastuosa luz de neón, mientras el asiento cobraba vida para amoldarse automáticamente a la forma del conductor y colocarlo debidamente a la altura del volante, y una vieja melodía de Blanca Rosa Gil comenzaba a sonar por el sistema de sonido. Un pequeño piloto se encendió en el cuadro de instrumentos, solicitando a Bonnin que se atara el cinturón de seguridad. El lujo era sencillamente escandaloso; de por sí rozaba lo inmoral.

Si el loco del albornoz es el Rey del Norte… –pensó Bonnin poniendo la primera marcha– esto sin ninguna duda es el carro de Ezequiel.



Bonnin salió del edificio Minaco asomando el morro del Lamborghini a la avenida. Ahí estaba otra vez, delante de El Corte Inglés. Hacía un rato esperaba allí enfrente para subirse al autobús, y una hora y media después seguía en el mismo sitio. ¡Qué desesperación! Para colmo, la lluvia, que empezaba a bajar casi torrencialmente formando cascadas y riachuelos en los márgenes de la calzada, había provocado que las Avenidas se colapsaran totalmente de vehículos. No podía evitarlo: daba igual cuál fuera el prototipo del futuro en el que fuera montado, que ponerse al volante siempre lo pondría irremediablemente de un insoportable mal humor.

Se oía murmullo de sirenas acercándose. Del cadáver del suicida no había ni rastro; debía de haberse quedado empalado en alguno de los plátanos de sombra que adornaban la acera. Bonnin pensó que, para cuando el follaje del árbol terminara de caerse hacia finales del otoño, una bonita decoración navideña sorprendería esplendorosa a los palmesanos.

Cuando el profesor logró incorporarse al tráfico, bajó hasta el final de la manzana, en la intersección con la calle Aragón y la vía Sindicato, donde un semáforo en rojo lo detuvo en primera línea. Decenas de peatones emparaguados cruzaron la vía a su frente. A la izquierda, el viento mecía las hojas de un viejo olivo plantado en la mediana. A la derecha se erguía atemporal el esbelto edificio de Can Maneu. La fuerte lluvia saturaba el cristal entre pasada y pasada del limpiaparabrisas. Las bocinas ponían banda sonora a la estampa urbana.

En ese instante, algo extraño llamó la atención de Bonnin. Enfrente y a su izquierda, detrás del parterre que contenía el olivo, un enorme socavón en la calzada amenazaba una furgoneta que se encontraba obstruida en mitad del cruce. De pronto varios pedazos de asfalto cayeron al fondo del agujero, del que era imposible para Bonnin discernir cuál podía ser la profundidad. El suelo se cuarteó bajo el peso de la rueda trasera del vehículo.

Bonnin bajó la mirada al volante y recordó las palabras del iluminado.

«Entonces, el portal del Averno se abrirá, permitiendo que Magog, el dragón alado, salga de su morada para causar la perdición de todas las naciones de la Tierra.»

Miguel Ángel elevó sus ojos hacia aquel cielo encapotado, tratando de olvidarlo.

Vaya día…

El deportivo arrancó con el semáforo aún en rojo y efectuó un giro improcedente. Dando un acelerón, bordeó rasante el agujero y se perdió en la distancia con un rugido atronador, cual furioso dragón alado despertando de su letargo.

Epílogo

Oculto:
Ajenamente a los hechos ficticios descritos en este relato, el lunes 13 de junio de 2011, alrededor de las 16 h, se formó espontáneamente un socavón de unos tres metros de diámetro y cinco de profundidad en mitad de la avenida de Alexandre Rosselló, en la intersección de ésta con las calles Aragón, Nuredduna y Sindicato, en pleno centro de Palma.

El socavón fue inmediatamente cercado y reparado por técnicos municipales. La causa del mismo se atribuyó al asentamiento de la tierra bajo la avenida, que fue construida un siglo atrás al rellenar el foso de las murallas de la ciudad vieja, en un acto que marcó el inicio de la construcción del ensanche de Palma.







Oculto:
Creo que esta siniestra canción combina bien con el final del relato:


Una vez más, gracias por leer.
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